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Cuando el propósito conoce un plan y no el plan conoce el propósito

hace 11 minutos
4 min de lectura

Hoy tuve una conversación con mi hijo que me dejó pensando.


Diego, recién graduado de Finanzas, ha comenzado su vida profesional trabajando en el negocio familiar que mi esposa ha construido, donde ella tiene absolutamente todo el mérito. Como muchas personas de su generación, llegó al mundo laboral en un momento extraordinario: la inteligencia artificial ya no es una promesa ni algo reservado para especialistas. Es una herramienta que puede utilizar para construir.


Durante los últimos meses ha desarrollado, utilizando Claude Code, diferentes aplicaciones para mejorar modelos financieros, generar cotizaciones, realizar simulaciones de rentabilidad y resolver otras necesidades del negocio. Lo interesante es que no estudió programación. Estudió Finanzas. Sin embargo, hoy puede convertir parte de su conocimiento financiero en herramientas digitales que le permiten trabajar de otra manera.


Mientras platicábamos sobre sus avances le pregunté qué más estaba haciendo con inteligencia artificial. Su respuesta me sorprendió.


Me dijo que había decidido ponerle una pausa.


No dejar de utilizar lo que construyó. Sus aplicaciones siguen funcionando y continúa aprovechándolas. Lo que decidió detener, al menos por un momento, fue seguir desarrollando más cosas.


Su explicación fue sencilla: sentía que podía entrar en un ciclo que no terminaba. Siempre había algo más que agregar, algo que mejorar, otra idea que probar, otra aplicación que construir. Pero agregó algo todavía más importante: necesitaba enfocarse en el negocio.


Esa frase se quedó conmigo.


Durante años, desarrollar tecnología tuvo fricciones naturales. Necesitábamos presupuesto, especialistas, infraestructura, autorizaciones y tiempo. Cada iniciativa tenía un costo suficientemente alto como para obligarnos, al menos en teoría, a preguntarnos si realmente valía la pena hacerla.


La inteligencia artificial está eliminando buena parte de esas fricciones.


Hoy una persona que conoce profundamente una función del negocio puede imaginar una solución y comenzar a construirla prácticamente de inmediato. Finanzas puede desarrollar herramientas financieras. Comercial puede automatizar análisis. Operaciones puede crear aplicaciones para resolver problemas específicos. Recursos Humanos puede transformar procesos sin esperar necesariamente meses por un desarrollo tradicional.


Eso es extraordinario.


Pero también empieza a aparecer un riesgo del que hablamos poco.


Cuando construir se vuelve tan fácil, podemos comenzar a construir simplemente porque podemos hacerlo.


Una idea genera una aplicación. La aplicación abre otra posibilidad. Esa posibilidad genera una mejora. La mejora permite imaginar una nueva funcionalidad y, cuando nos damos cuenta, estamos dedicando una cantidad considerable de tiempo a perfeccionar la herramienta que originalmente debía ayudarnos a dedicar más tiempo al negocio.


La IA puede hacer que te enamores tanto de lo que puedes construir, que olvides para qué lo estabas construyendo.


Y quizá esta sea una de las paradojas que tendremos que aprender a administrar en los próximos años.


Nos hemos preocupado mucho por enseñar a las personas a utilizar inteligencia artificial. Hablamos de adopción, prompts, agentes, automatización, modelos, aplicaciones y nuevas capacidades. Pero posiblemente tendremos que desarrollar otra competencia igual de importante: saber cuándo detenernos.


No porque la tecnología sea mala. Tampoco porque debamos limitar nuestra curiosidad. Al contrario. Precisamente porque las posibilidades son enormes necesitamos desarrollar criterio para decidir cuáles merecen nuestra atención.


La pregunta importante empieza a cambiar.


Ya no es solamente: ¿qué más puedo hacer con IA?


También tendremos que preguntarnos: ¿qué necesita realmente el negocio?


Y aquí Diego tiene un concepto que me parece particularmente poderoso: “cuando el propósito conoce un plan y no el plan conoce el propósito”.


La diferencia puede parecer únicamente semántica, pero encierra una forma completamente distinta de pensar. Cuando primero construimos el plan y después buscamos un propósito que lo justifique, corremos el riesgo de enamorarnos de lo que hacemos. Cuando primero entendemos el propósito, es éste el que debe encontrar el plan adecuado para alcanzarlo.


Con la inteligencia artificial esto cobra todavía más relevancia. Podemos construir una aplicación extraordinaria, técnicamente impecable y llena de posibilidades, pero si después tenemos que preguntarnos para qué utilizarla, probablemente comenzamos al revés. Primero debería existir el propósito; después, el plan. Y dentro de ese plan, quizá aparezca la IA.


Parece una diferencia pequeña, pero cambia completamente el punto de partida.


Cuando comenzamos por la tecnología, buscamos lugares donde utilizarla. Cuando comenzamos por el negocio, buscamos problemas, oportunidades, experiencias que mejorar, costos que reducir, decisiones que tomar mejor o capacidades que necesitamos desarrollar. Algunas veces la respuesta será inteligencia artificial. Otras veces será automatización tradicional, mejores datos, un proceso diferente o simplemente hacer mejor algo que ya sabemos hacer.


Por eso he insistido tantas veces en una idea: no inventemos problemas para implementar IA.


La tecnología no debería convertirse en el propósito. El propósito sigue estando en el negocio y, sobre todo, en las personas a las que ese negocio sirve.


También existe algo más profundo. La inteligencia artificial está reduciendo dramáticamente el costo de convertir una idea en algo funcional. Eso significa que una de las restricciones históricas para crear está desapareciendo. Pero cuando desaparece una restricción externa necesitamos desarrollar una interna.


Esa nueva restricción se llama criterio.


Criterio para priorizar. Criterio para decidir qué construir. Criterio para determinar cuándo algo ya es suficientemente bueno. Criterio para abandonar una idea que técnicamente es fascinante pero que aporta poco valor. Y, quizá lo más difícil, criterio para saber cuándo cerrar la computadora y regresar a observar el negocio.


Pensar Digitalmente nunca ha significado utilizar más tecnología. Significa entender cómo la tecnología cambia nuestras posibilidades y, a partir de ello, cambiar nuestra manera de pensar.


Tal vez estamos entrando en una etapa diferente de nuestra relación con la inteligencia artificial. Primero tuvimos que aprender que podíamos utilizarla. Después descubrimos todo lo que podíamos construir con ella. Ahora tendremos que aprender a seleccionar.


Porque cuando las posibilidades parecen infinitas, el recurso escaso deja de ser la tecnología.


El recurso escaso vuelve a ser nuestra atención.


Mi hijo probablemente no estaba intentando darme ninguna lección sobre inteligencia artificial. Simplemente me estaba contando cómo estaba organizando su trabajo. Pero su decisión de poner una pausa para enfocarse nuevamente en el negocio me hizo pensar que quizá entendió algo que muchas organizaciones todavía estamos aprendiendo.


La madurez digital no se demostrará por la cantidad de cosas que seamos capaces de construir con inteligencia artificial.


Se demostrará por nuestra capacidad para distinguir cuáles vale la pena construir.


Y, algunas veces, por tener el criterio suficiente para no construir nada más y ponernos a trabajar en el negocio.

 
 
 

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