La IA está cambiando nuestra forma de entender la productividad

Durante años hemos entendido la productividad como la capacidad de hacer más con menos. Menos tiempo, menos recursos, menos esfuerzo y, en muchas ocasiones, menos personas. Bajo esa lógica hemos construido indicadores, evaluado proyectos, justificado inversiones y tomado decisiones empresariales. Y aunque esa manera de pensar ha generado resultados importantes, creo que la llegada de la inteligencia artificial nos está invitando a cuestionar si esa definición sigue siendo suficiente.
Algo interesante está ocurriendo en la conversación empresarial sobre inteligencia artificial. Durante sus primeras etapas, buena parte del debate se concentró en cuántos empleos podría eliminar. Hoy, sin que esa preocupación haya desaparecido, comienza a ganar fuerza otra perspectiva: cómo aprovechar la IA para desarrollar capacidades, impulsar el crecimiento y transformar la manera de trabajar.
En 2025, Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, una de las empresas protagonistas del desarrollo de inteligencia artificial, advirtió que esta tecnología podría eliminar hasta la mitad de los empleos administrativos de nivel inicial en los siguientes años. Una declaración que generó preocupación y abrió un debate sobre el futuro del trabajo.
Sin embargo, conforme las organizaciones avanzan en el uso de la inteligencia artificial, la conversación también está incorporando las oportunidades de crecimiento y productividad. El propio Amodei ha abordado ese potencial, aunque sin abandonar sus advertencias sobre el desplazamiento laboral. Y esa distinción es importante: reconocer nuevas oportunidades no significa que los riesgos hayan desaparecido.
Algo similar podemos observar en los estudios de EY. Sus análisis sobre las perspectivas de los directores ejecutivos reflejan que la conversación está evolucionando. En mayo de 2026, un 42% de los CEO encuestados anticipaba importantes esfuerzos de capacitación y actualización de habilidades, mientras que un 44% estaba rediseñando funciones para integrar las capacidades humanas con la inteligencia artificial.
Son cifras que merecen atención porque sugieren que las empresas están comenzando a mirar más allá de la automatización de tareas y la reducción de costos.
Y aquí es donde quiero detenerme.
¿Y si hemos estado viendo la productividad desde una perspectiva demasiado limitada?
Pensemos en algo sencillo. Una empresa tiene diez colaboradores que realizan determinadas actividades. Llega una herramienta de inteligencia artificial capaz de automatizar una parte importante de esas tareas. Bajo una visión tradicional de eficiencia, la pregunta inmediata podría ser cuántas personas necesita ahora para realizar el mismo trabajo.
Pero existe otra pregunta, mucho más interesante: ¿qué podría lograr esa misma empresa si sus diez colaboradores contaran ahora con capacidades que antes no tenían?
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la conversación.
En el primer escenario, utilizamos la tecnología para hacer lo mismo con menos personas. En el segundo, la aprovechamos para hacer cosas que antes no podíamos hacer, atender mejor a nuestros clientes, resolver problemas más complejos, identificar oportunidades y desarrollar nuevas capacidades.
Ambos escenarios pueden generar productividad. Pero no necesariamente generan el mismo valor.
No estoy diciendo que reducir costos sea incorrecto. Sería absurdo ignorar la importancia de la eficiencia operativa, especialmente en un entorno donde la competencia, los márgenes y las condiciones económicas obligan a las organizaciones a mejorar continuamente. Lo que cuestiono es que convertir la reducción de recursos en el objetivo principal de la inteligencia artificial puede llevarnos a desaprovechar una parte extraordinaria de su potencial.
Hay una diferencia importante entre hacer más eficiente lo que ya hacemos y ampliar lo que somos capaces de hacer.
Aquí es donde cobra especial relevancia un concepto que suelo utilizar para explicar la transformación digital: el ciclo infinito del negocio.
Durante mucho tiempo hemos concentrado nuestros esfuerzos en mejorar la eficiencia de lo que ya hacemos. Buscamos reducir tiempos, optimizar recursos, eliminar desperdicios y aumentar la productividad. Todo eso es necesario, pero existe otra dimensión que no siempre recibe la misma atención: nuestra capacidad para generar más negocio.
¿De qué sirve alcanzar niveles extraordinarios de eficiencia si seguimos limitados a hacer exactamente lo mismo? Y, por otro lado, ¿qué sucede cuando desarrollamos una gran capacidad comercial, identificamos nuevas oportunidades y ampliamos nuestro mercado, pero nuestros procesos no son capaces de responder con la misma eficiencia?
El verdadero potencial aparece cuando ambas dimensiones se fortalecen mutuamente.
Una mayor capacidad de negocio genera oportunidades para crecer, atender nuevos clientes, ofrecer mejores experiencias y desarrollar nuevos productos o servicios. Al mismo tiempo, una operación cada vez más eficiente permite responder a ese crecimiento con calidad, velocidad y rentabilidad.
Y ahí comienza un ciclo que no tiene por qué detenerse. Más capacidad de negocio exige mayor eficiencia, y una mayor eficiencia permite desarrollar todavía más capacidad de negocio.
La inteligencia artificial puede acelerar extraordinariamente este ciclo. No solamente porque permite automatizar actividades o reducir tiempos, sino porque también puede ampliar nuestra capacidad de análisis, anticipar necesidades, personalizar experiencias, descubrir oportunidades y ayudar a las personas a tomar mejores decisiones.
Imaginemos a un ejecutivo comercial que antes dedicaba buena parte de su jornada a capturar pedidos y que ahora puede utilizar ese tiempo para conocer mejor a sus clientes. Un responsable de operaciones que pasa menos horas consolidando información y más tiempo resolviendo problemas. Un analista financiero que deja de invertir días en preparar reportes para concentrarse en interpretar escenarios y anticipar decisiones.
La tecnología no solamente estaría haciendo más eficientes sus actividades. Estaría permitiendo que las personas aportaran un valor diferente.
Y si ese valor se traduce en más clientes, mejores experiencias, nuevas oportunidades y una operación capaz de responder al crecimiento, el efecto comienza a multiplicarse.
Eso es lo que hace infinito al ciclo. No se trata de alcanzar un punto final de eficiencia, sino de construir una organización capaz de crecer, aprender y mejorar continuamente.
Sin embargo, tampoco podemos ignorar la otra cara de esta transformación. Programadores, profesionales creativos y trabajadores de diferentes industrias están enfrentando cambios importantes en sus oportunidades laborales debido a la automatización. Son situaciones que nos recuerdan que no todas las personas están viviendo esta revolución desde las mismas condiciones.
Por eso sería irresponsable afirmar que la inteligencia artificial no eliminará empleos. Algunos desaparecerán, otros cambiarán profundamente y seguramente surgirán actividades que hoy ni siquiera imaginamos. El desafío es que esa transición no ocurrirá automáticamente ni beneficiará a todos por igual.
Aquí aparece una responsabilidad que considero fundamental para quienes dirigimos organizaciones: no podemos hablar de transformación digital poniendo a las personas en el centro si nuestras decisiones solamente las consideran como un costo que debemos reducir.
Desde hace tiempo insisto en que la transformación digital tiene tres dimensiones inseparables: personas, procesos y tecnología. La inteligencia artificial está acelerando la evolución de la tercera, pero eso no significa que las otras dos estén avanzando al mismo ritmo.
Hoy podemos acceder a herramientas extraordinarias en cuestión de minutos. Podemos automatizar actividades, analizar información, generar contenidos y construir soluciones que hace apenas unos años parecían reservadas para grandes compañías tecnológicas.
Pero tener acceso a esas capacidades no significa saber aprovecharlas.
Si nuestros procesos siguen siendo innecesariamente complejos, la inteligencia artificial puede terminar acelerando esa complejidad. Si nuestros colaboradores no comprenden el propósito de utilizarla, difícilmente encontraremos todo su potencial. Y si nuestros indicadores solamente reconocen el ahorro de horas o la reducción de personal, podríamos estar dejando fuera los beneficios más importantes.
Pensemos, por ejemplo, en un colaborador que gracias a la IA reduce de cuatro horas a treinta minutos una actividad. Es natural celebrar las tres horas y media recuperadas. Pero la verdadera conversación debería comenzar después.
¿Qué hará ahora con ese tiempo? ¿Cómo mejorará la experiencia del cliente? ¿Qué problemas podrá resolver? ¿Qué nuevas responsabilidades podrá asumir? ¿Qué capacidades debemos ayudarle a desarrollar?
Si no tenemos respuestas, quizá logramos automatizar una tarea, pero todavía no hemos transformado la manera de trabajar.
Esto también nos obliga a revisar cómo medimos los resultados. El retorno de una inversión tecnológica no debería limitarse a las horas ahorradas. También tendría que considerar la calidad de las decisiones, la capacidad de respuesta, la satisfacción de los clientes, la reducción de errores, las oportunidades de crecimiento y, por supuesto, el desarrollo de las personas.
No todos estos beneficios son fáciles de medir, pero eso no los hace menos importantes.
Y hay otro aspecto que merece atención. Cuando la inteligencia artificial permite que una persona realice actividades que antes requerían conocimientos especializados, la competitividad deja de depender exclusivamente de lo que sabemos hacer. Empieza a depender también de nuestra capacidad para comprender problemas, conectar conocimientos, tomar decisiones y utilizar inteligentemente las herramientas disponibles.
Esto no elimina la importancia de la experiencia ni de la formación. Al contrario, puede hacerlas todavía más valiosas cuando se combinan con criterio, curiosidad y disposición para aprender.
En otras palabras, la IA puede ayudarnos a pasar de ser competentes a ser más competitivos. Pero ese cambio no ocurre por instalar una aplicación ni por entregar una licencia a cada colaborador. Ocurre cuando encontramos nuevas maneras de generar valor.
Por eso creo que las organizaciones deberían comenzar a incorporar preguntas diferentes en sus iniciativas de inteligencia artificial.
No solamente cuánto vamos a ahorrar, sino cuánto más podremos lograr. No solamente cuántas horas vamos a liberar, sino cómo vamos a aprovecharlas. No solamente qué actividades podemos automatizar, sino qué nuevas capacidades podemos desarrollar para hacer crecer el negocio.
Esas preguntas cambian la forma de seleccionar proyectos, de preparar a las personas, de rediseñar procesos y hasta de evaluar el desempeño.
La eficiencia seguirá siendo indispensable. Necesitamos empresas rentables, competitivas y capaces de operar con disciplina. Pero una gran capacidad de negocio también requiere organizaciones capaces de identificar oportunidades, desarrollar mercados, innovar y responder a las necesidades de sus clientes.
Cuando ambas dimensiones se conectan, la productividad deja de ser solamente un indicador de aprovechamiento de recursos y se convierte también en una capacidad para generar mayor valor.
Y ahí es donde la inteligencia artificial puede desempeñar un papel extraordinario.
No se trata de elegir entre crecer o ser eficientes, sino de comprender que ambas dimensiones pueden alimentarse continuamente. La capacidad de negocio impulsa nuevas exigencias de eficiencia, mientras que una operación más eficiente abre oportunidades para seguir creciendo.
Tal vez el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial termine haciendo parte de nuestro trabajo. Tal vez sea que nosotros sigamos pensando en el trabajo exactamente de la misma manera.
Porque una organización que solamente busca eficiencia puede terminar haciendo extraordinariamente bien lo mismo de siempre. Una organización que piensa digitalmente utiliza esa eficiencia para seguir creciendo y encuentra en ese crecimiento nuevas oportunidades para mejorar.
Y quizá ese sea el verdadero cambio que la inteligencia artificial nos está invitando a realizar: dejar de preguntarnos únicamente cuánto podemos hacer con menos y comenzar a preguntarnos cuánto más podemos lograr con lo que tenemos.




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