Cuando me quitaron mi primer trabajo, pero me dejaron una gran lección
- atrevinop
- 17 sept 1998
- 4 Min. de lectura

Hay experiencias que, aunque duelan, terminan marcando la ruta de lo que somos hoy. Hace más de 35 años viví una de esas. Era apenas mi primer trabajo y, paradójicamente, lo perdí por ayudar y servir.
Quien tomó la decisión sigue activo en la vida profesional. Mi relación con él nunca fue cercana, pero cuando coincidimos, siempre elijo ser respetuoso. Porque al final, lo que me dejó esa etapa no fue rencor, sino claridad: lo verdaderamente importante es generar valor en la gente.
Mis primeros pasos en el mundo digital
Estaba en preparatoria, estudiando la carrera de Técnico en Procesamiento de Datos, cuando gracias a las referencias de mi papá, quien ocupaba un puesto relevante en sistemas, me dieron la oportunidad de trabajar en una industria farmacéutica regiomontana: Grupo Benavides.
Era la época en que nombres como IBM, Honeywell, AS/400, COBOL y RPG representaban la vanguardia tecnológica. Recuerdo que, para mí, COBOL era una verdadera revolución, un lenguaje que abría un mundo de posibilidades para transformar procesos y negocios.
Mi puesto era operador de sistemas, una figura necesaria en aquel entonces para:
Respaldar información crítica.
Gestionar impresoras centrales.
Administrar papelería de alta demanda.
Asegurar la comunicación vía módem entre los diferentes sitios del grupo.
En medio de esas tareas rutinarias, desarrollé mi primer sistema de inventarios. Lo hice para controlar lo que llamábamos “papel caramelo”, una papelería básica pero vital. Ese fue mi primer contacto con la sensación de que la tecnología no solo servía para procesar datos, sino para resolver problemas reales.
Un trabajo que amaba
No puedo dejar de decirlo: amaba ese trabajo.
Me permitió conocer gente fantástica, aprender de ellos y, sobre todo, integrarme a las áreas operativas de la empresa. Cada día era una oportunidad de descubrir cómo la tecnología se entrelazaba con la vida diaria de un negocio.
Fue también el escenario en el que viví de cerca la evolución tecnológica. Pasar de respaldos en cintas magnéticas a impresoras centralizadas, de los módems chirriantes a las primeras redes más robustas… todo era nuevo, desafiante y apasionante.
El viernes que nunca olvidaré
El momento se dio un viernes. Lo recuerdo con absoluta claridad: la comunicación entre los diferentes sites estaba muy interrumpida, por causas ajenas al negocio.
Cómo olvidar ese sonido característico de los módems al intentar conectar, ese “canto digital” que nos hacía contener la respiración esperando que, por fin, la línea quedara estable. Para mí, era fascinante. Esa conexión permitía que los equipos AS/400 pudieran enlazarse a través de puertos seriales y mantener la operación viva.
Ese día, un compañero y amigo del área de costos estaba especialmente apurado. Tenía que preparar informes financieros críticos para una reunión del lunes y, debido a los problemas de comunicación, no podía avanzar. Angustiado, se acercó a pedirme ayuda.
La transparencia que me costó caro
Se me ocurrió hablar con el operador del otro site, en particular con la planta que el grupo tenía en Ramos Arizpe, Coahuila, a unos 40 minutos de Monterrey.
Le conté la situación y le pregunté si habría posibilidad de que el sábado nos apoyara, para que mi compañero de costos pudiera obtener la información necesaria. Con gran disposición, accedió y dejó todo listo.
Cuando le informé a mi compañero de costos, su rostro cambió: pasó de la angustia al alivio. El sábado fuimos, hicimos la tarea sin contratiempos y, en poco tiempo, él tenía en sus manos lo que necesitaba para cumplir con su responsabilidad. Para mí, esa satisfacción de haber contribuido fue enorme.
El lunes siguiente, con toda naturalidad, le informé a mi jefe lo que habíamos hecho el fin de semana. Para mí no había nada que ocultar: había sido un acto de apoyo, de colaboración entre áreas.
Nunca pensé que esa decisión, tomada desde la buena fe, se convertiría en el argumento para quitarme el trabajo. Fue un golpe duro, difícil de entender en ese momento.
La lección detrás de la pérdida
Hoy sé que me quitaron esa oportunidad por el simple hecho de ayudar. Y aunque fue un golpe duro para un joven que apenas empezaba, también fue el inicio de una convicción que me acompaña hasta hoy:
La verdadera transformación no está en la tecnología que usamos, sino en el valor que generamos en las personas.
Nunca supe realmente por qué mi jefe tomó esa decisión. Tal vez hubo razones que nunca me fueron compartidas. No lo juzgo ni le guardo rencor; al contrario, con el tiempo entendí que esas decisiones, justas o no, también forman parte del camino profesional. Hoy solo reconozco que aquella experiencia, aunque dura, fue el punto de partida para aprender lo más valioso: que ayudar y servir son principios que nunca deben ponerse en duda.
La vida profesional está llena de episodios que nos forman, algunos dulces y otros amargos. Este, aunque doloroso, fue de los que más me enseñaron.
Y aunque agradecer en su momento parecía imposible, porque el dolor era real, hoy reconozco que aquel jefe, sin darse cuenta, me enseñó lo más valioso: Esa experiencia me permitió encaminar una carrera profesional donde ayudar y servir nunca más serían motivo de vergüenza, sino de orgullo.
Apelando al paso del tiempo, me queda también lo más valioso: aún conservo la amistad con algunos de aquellos compañeros. Eso me recuerda que lo que realmente perdura no son los cargos ni los títulos, sino los lazos humanos que construimos en el camino.
Un consejo para quienes inician
Si algo puedo compartir a las nuevas generaciones es esto: ayudar siempre vale la pena, aunque a veces tenga un costo. La vida profesional no siempre es justa, pero cada experiencia deja una semilla.
Que tu brújula no sea el miedo a perder algo, sino la certeza de que al contribuir al crecimiento de otros, también creces tú. La tecnología cambia, los roles desaparecen, pero lo que permanece es la capacidad de impactar positivamente en la vida de otros.
Ese es, y seguirá siendo, el centro de Pensar Digitalmente.




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