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El Reto del Año 2000: Entre el Misticismo del Milenio y el Poder del Código


A finales de los años noventa, el mundo entero se encontraba envuelto en una especie de hechizo tecnológico: la llegada del año 2000. El famoso “Y2K” no era solo una sigla técnica; era un símbolo de incertidumbre global. ¿Qué pasaría cuando el reloj marcara la medianoche del 31 de diciembre de 1999? ¿Se detendrían los sistemas? ¿Colapsarían los bancos, los servicios públicos, las industrias?


Yo vivía esa tensión desde dentro. En ese entonces trabajaba en Grupo Protexa, una de las organizaciones más icónicas del país en aquellos años. Aún no existían los sistemas ERP tal como los conocemos hoy. Todo se desarrollaba internamente, a la medida, con talento propio, y con una pasión por resolver retos desde la raíz.


Programábamos en COBOL, uno de los lenguajes de programación más importantes y robustos de la época. Diseñado para el mundo empresarial, COBOL era el corazón de la mayoría de los sistemas financieros, contables y administrativos. Y aunque hoy muchos lo consideran parte del pasado, en esos años era el pilar sobre el que se construía la operación de las grandes organizaciones.


En lo personal, COBOL siempre tuvo un significado especial. Lo aprendí a los 15 años, durante los veranos que pasaba en la oficina de mi papá, quien era directivo del área de sistemas en Grupo Benavides. Ahí descubrí mi pasión por la lógica, por la estructura, y por ese arte de escribir instrucciones que luego se transformaban en resultados concretos.


El reto del Y2K fue monumental: revisar miles de líneas de código para encontrar fechas mal formateadas, validar que los sistemas interpretaran correctamente el cambio de siglo, y asegurar que todo siguiera funcionando el 1 de enero del 2000. Recuerdo las jornadas eternas, los equipos enfocados, y la sensación de estar haciendo algo que trascendía.


Esa noche del 31 de diciembre, mientras el mundo celebraba, nosotros monitoreábamos. Y cuando el reloj marcó la medianoche y los sistemas siguieron funcionando sin fallas, sentimos una mezcla de alivio y orgullo. Habíamos cumplido.


Y al final… no pasó mucho.Las catástrofes anunciadas no llegaron. No colapsaron los bancos, ni cayeron los aviones, ni se apagaron las redes eléctricas. Lo que se había pintado como una posible hecatombe tecnológica global, terminó siendo un cambio de año relativamente tranquilo. Y eso, aunque muchos no lo vieron, fue gracias al trabajo silencioso y dedicado de miles de profesionales que, como nosotros, hicieron lo necesario para prevenir lo impensable.


El caso Y2K nos dejó una gran lección: cuando la tecnología se combina con compromiso humano, la prevención puede más que el caos. Es posible que el mundo no haya notado lo que hicimos, pero en silencio, evitamos que pasara lo que todos temían. A veces, los grandes logros son precisamente aquellos que, gracias a su éxito… nunca se notan.


 
 
 

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