Más allá de la robótica: el proyecto que transformó a quienes lo construyeron
- atrevinop
- 23 nov 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 12 jul 2025

Hace poco tuve el privilegio de colaborar como socio formador en un proyecto del Tecnológico de Monterrey, dentro de uno de sus grupos estudiantiles más destacados: Roborregos.
El concepto de socio formador es una de las apuestas más interesantes del Tec: acercar a la industria, de manera directa, a los grupos estudiantiles. No se trata solo de patrocinar, ni de ir a dar una plática inspiradora. Se trata de arremangarse, co-crear, compartir desafíos reales y construir soluciones juntos.
El reto: transformar lo ordinario en extraordinario
El proyecto que trabajamos tenía un objetivo claro y ambicioso: transformar un patín manual de carga, de esos que todos hemos visto alguna vez moviendo tarimas en almacenes, en un patín robot autónomo.
La idea surgió al observar oportunidades de eficiencia en la gestión de almacenes, producto de mi propia experiencia como Supply Chain Manager (SCM). Sabía que una mejora en los procesos de traslado de materiales podía tener un impacto real en productividad, seguridad y costos.
Así nació TAM: Traslado Autónomo de Materiales. Un proyecto que, en papel, parecía simple, pero que en la práctica representaba un desafío formidable: electrónica, robótica, software, diseño mecánico, optimización de rutas, seguridad, autonomía energética… y no menos importante, entender el contexto logístico real en el que operaría.
El equipo: más que ingeniería
Lo que más me fascinó fue la composición del equipo. Sí, había estudiantes brillantes de ingeniería, informática y robótica. Pero también había talentos de mercadotecnia, finanzas y logística.
Porque un robot no es solo un aparato que funciona: es un producto que debe tener un propósito, una historia, un modelo de negocio, una estrategia de implementación, un análisis de costos y un plan de sostenibilidad.
La emoción de dar el salto
Algo que me marcó fue ver la emoción genuina que sentían por el proyecto. Hasta ese momento, Roborregos había participado en competencias estudiantiles de robótica: retos emocionantes, sí, pero limitados al ámbito académico.
TAM representaba su primera oportunidad de trabajar en un caso para la industria real.
Dejar atrás el enfoque competitivo y sumergirse en resolver un desafío concreto para una operación logística. Ese salto, del trofeo a la solución, fue para ellos una experiencia transformadora.
El resultado (y lo que realmente importa)
Logramos algo increíble: hicimos que el patín se moviera. El equipo consiguió que el prototipo pudiera avanzar, responder a comandos y demostrar que la idea tenía potencial.
Sin embargo, el tiempo limitado, las dificultades mecánicas y los retos propios de desarrollar algo tan ambicioso con recursos estudiantiles hicieron que el desarrollo completo no pudiera consolidarse como esperábamos.
Y, sin embargo, eso nunca fue lo más importante.
Hoy, parte de esos estudiantes ya están graduados, trabajando en empresas de nivel mundial como Facebook o Google. Y cuando los veo seguir brillando, me queda claro que el verdadero éxito del proyecto no fue técnico: fue humano.
Más allá de lo técnico: el propósito real
El propósito de grupos como Roborregos no es solo competir o crear prototipos. Es maximizar el potencial de los estudiantes más allá de lo académico o técnico. Tienen que buscar patrocinadores, diseñar pendones, organizar actividades para generar ingresos, aprender a presentar proyectos, gestionar equipos y resolver problemas reales.
En otras palabras, no solo aprenden a construir robots: aprenden a liderar, emprender y colaborar.
Acompañar a Roborregos como socio formador me dejó una enseñanza profunda: la innovación verdadera sucede cuando el conocimiento técnico se cruza con el conocimiento humano y organizacional.
Y, sobre todo, me recordó algo que alguna vez dijo John F. Kennedy: “Se necesita ser lo suficientemente inteligente como para rodearte de personas más inteligentes que tú.”




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