¿El mejor ERP? El que entiende tu ADN, no el que todos compran
- atrevinop
- 10 dic 2024
- 4 Min. de lectura

Hablar de ERP es hablar de ambición, inversión y expectativa.He tenido la oportunidad de liderar implementaciones tanto de MFG de QAD como de SAP, y en cada una he confirmado algo que no siempre se dice en las mesas de decisión: el verdadero reto no está en instalar la herramienta, sino en lo que las organizaciones esperan de ella.
Como todo en la vida, cuando algo funciona, tendemos a replicarlo. Y eso no está mal. Lo peligroso empieza cuando líderes, CIOs y tomadores de decisiones ven al ERP como un salvavidas digital que, por sí solo, solucionará todos los problemas.
Una de las mayores trampas al implementar un ERP es la falsa sensación de que, una vez instalado y funcionando, los problemas desaparecerán por arte de magia.
He visto esto repetirse en distintos proyectos, ya sea con MFG de QAD o con SAP. Durante las primeras etapas, tanto CIOs como líderes de negocio suelen hablar del ERP como si fuera un “salvavidas digital”:
“Con esto ya no dependeremos de nadie” o “ya no necesitaremos desarrollos adicionales”.
Pero aquí viene el primer golpe de realidad: en el momento en que eliges cualquier ERP, por robusto y probado que sea, entras inevitablemente en un ecosistema que tiene su propia lógica, sus propias reglas… y sus propias dependencias.
Porque sí:
Siempre dependerás de algún desarrollador. Sea para adaptar un módulo, construir una interfaz o resolver un bug, nadie, ni siquiera los gigantes como SAP, viene con todo resuelto al 100%.
Siempre habrá costos de mantenimiento. Licencias, upgrades, consultores externos, integraciones con otros sistemas… el mito de que “todo vendrá integrado” cae rápido cuando empiezan los escenarios reales, sobre todo si tu operación involucra sistemas legacy, plantas productivas, almacenes o centros de distribución con particularidades.
Hace poco lo compartí en mi artículo "La suite de lujo con monedas en la puerta", donde reflexionaba con cierta ironía sobre esta paradoja:
Imagínate pagar la suite más lujosa del hotel más exclusivo del mundo… y darte cuenta que para entrar al baño necesitas ponerle monedas a la puerta.
Ese es, muchas veces, el nivel de integración que venden las marcas, pero que en la práctica obliga a pagar por cada interacción, cada customización, cada puente entre sistemas que deberían “hablarse solos”.
Además, me he topado con empresas que, con muchísimo esfuerzo, logran adquirir un ERP pensando que con eso vendrán soluciones instantáneas y excelencia automática. Y ahí se vuelve a repetir el mismo patrón: el ERP se convierte en un símbolo de estatus tecnológico, pero sin gobierno de datos, sin procesos alineados y sin responsabilidad compartida, solo termina amplificando desorden.
Lo comenté también en otro artículo, "Power BI seduce, Tableau impresiona, pero el gobierno de datos sostiene": puedes tener las mejores herramientas del mercado, pero si no hay disciplina, si no hay liderazgo que gobierne los datos, los resultados no llegan.
Aquí quiero ser muy objetivo: SAP es, sin duda, el ERP de mayor adopción global. Eso es un hecho respaldado por décadas de implementaciones en un sinfín de industrias, y es importante reconocerlo: es un gran ERP. Pero eso es una cosa. Creer que es “bueno en todo” es otra muy diferente, y ahí está el verdadero problema.
Y aquí entra un tema fundamental: la adopción real del ERP y la identificación del ADN único de cada empresa. Ese ADN son los procesos, hábitos, valores y dinámicas que hacen única a tu organización. Al implementar un ERP, surge una disyuntiva clave: ¿lo dejas tal cual viene, para evitarte problemas, aunque eso signifique encajarte en un molde estándar?¿O te atreves a adaptarlo, a desafiarlo, para que mejore procesos, respete tu esencia y genere valor en tu gente?
No es una decisión fácil. Adaptar significa invertir más tiempo, esfuerzo y recursos. Pero también significa tener la posibilidad de que la herramienta se convierta en un catalizador de cambio genuino, no solo en un marco rígido que limite tu identidad.
En lo personal, nunca me ha gustado el concepto de “mejores prácticas de negocio”. Suena bien en los discursos de consultoría, pero en la práctica muchas veces significa copiar y pegar lo que otros hacen, sin cuestionar si eso realmente aplica para ti. Y me pregunto: ¿en qué momento serás diferente si lo único que haces es replicar lo que hacen los demás? ¿Dónde queda la oportunidad de innovar, de explotar lo que te hace único, si todo lo que buscas es encajar en un estándar global?
Claro, no se trata de rechazar todo lo aprendido ni de reinventar la rueda a cada paso. Pero sí de tener la valentía de preguntarte: ¿Esto aporta a mi realidad? ¿Esto potencia mi talento, mi cultura, mi negocio? Porque al final del día, la verdadera ventaja competitiva no está en usar lo que todos usan, sino en cómo logras que lo común se vuelva extraordinario en tus manos.
La realidad es que, al apostar por estructuras tecnológicas complejas, lo que muchas veces logras es “secuestrar” tu operación tecnológica: quedas atado a un ecosistema donde cada cambio, integración o adaptación dependerá de recursos especializados. Y eso no es ni bueno ni malo por sí mismo: es simplemente una parte de la ecuación que muchos líderes prefieren ignorar.
Por eso siempre insisto:
“El ERP no es el piloto automático. Es el tablero. El manejo sigue siendo responsabilidad de tu equipo.”
La verdadera transformación ocurre no por la herramienta que eliges, sino por cómo logras que tu organización trabaje mejor alrededor de ella. Un ERP puede ser una palanca poderosa, pero su valor depende de la visión, el liderazgo y la capacidad de reconocer qué te hace único, y cómo potenciarlo.




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